1.1. IMPACTO DE LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA EN LAS VARIABLES ECONÓMICAS.
Las decisiones de consumo y ahorro, además de estar condicionadas por las preferencias individuales, la renta disponible Cambios en la demanda agregaday la riqueza, lo están también por las expectativas de renta futura, que varían a lo largo de la vida16. Bajo estas premisas, los cambios en el tamaño y la estructura de la población (por mero efecto composición) condicionan el consumo y ahorro agregados, en función de cuánto y cómo cambia el comportamiento agregado por grupos de edad.
Así, con carácter general, la población joven en edad de trabajar suele tener expectativas de flujos de renta futura mayores ante un recorrido laboral por delante más largo, que los lleva a consumir en mayor medida, mientras que la propensión a consumir es menor en edades avanzadas. Es decir, en teoría, la población tiende a ahorrar menos durante sus primeros años de vida laboral, lo aumenta conforme avanza hacia la edad mediana, y desahorra en edades avanzadas.
Pero la evidencia disponible de los últimos años a partir de datos experimentales de Eurostat para el caso de España (gráfico 5) muestra un aumento del ahorro agregado en las cohortes de edad avanzada ante la expectativa de más años de vida, bien por motivo precaución, incertidumbre ante el futuro o el deseo de mantener el ahorro para transmitir riqueza a sus herederos. De ahí que el consumo agregado pueda resentirse ante un mayor volumen de población envejecida. Se trata de un efecto inmediato y directo, que constituye el principal factor de contracción potencial de la demanda vinculado al cambio demográfico.
Este resultado podría verse condicionado por los efectos en la demanda realizada por la población migrante, el segundo de los factores que influye en el comportamiento agregado. En el caso de la demanda de consumo, se constata que, en términos de contabilidad nacional y para un mismo nivel de ingresos, los hogares cuyo sustentador principal es de nacionalidad extranjera tienen menor propensión al consumo y, por tanto, una mayor tasa de ahorro que dedican a enviar remesas a sus lugares de origen17. Pero, dado que estos hogares, por lo general, suelen tener menor nivel de renta, su propensión a consumir sería mayor para atender sus necesidades, impactando positivamente en el consumo agregado.
En todo caso, estos impactos podrían ser más limitados, ya que se parte de supuestos de comportamiento basados en las pautas de generaciones previas que pueden cambiar ante la perspectiva de más años de vida. Además, el envejecimiento genera nuevas demandas de bienes y servicios (salud, cuidados) que puede dar lugar a oportunidades sectoriales con potencial de crecimiento, como se analiza en un apartado posterior.
Por otra parte, la cartera de activos de los hogares en los que se materializa el ahorro también puede variar por el cambio en la estructura por edades de la población18. Así, los hogares en los que la persona de referencia es de edad avanzada suelen mantener una estructura fija con mayor presencia de activos inmobiliarios. La población joven, por el contrario, tiende a endeudarse generalmente para la adquisición de vivienda ante un recorrido vital más largo.
Los cambios demográficos condicionan tanto el volumen como la calidad de la fuerza de trabajo disponible y, con ello, Cambios en la oferta agregada y en la productividad la capacidad productiva de la economía. Un menor volumen de población en edad de trabajar supone una reducción de la fuerza de trabajo a medida que las cohortes que llegan a la edad de jubilación sean cada vez más numerosas. Por tanto, el cambio en la estructura por edades de la población impactaría directamente en el volumen agregado de empleo y en el crecimiento económico potencial. No obstante, como no hay comportamientos predeterminados, el resultado puede diferir también si aumenta la tasa de actividad y de empleo general y de las personas de más edad, que deciden trabajar más o alargar su vida laboral ante una perspectiva de mayor esperanza de vida y mejor salud, mejores expectativas de empleo derivadas de la reducción de la población en edad de trabajar o cambian las condiciones de jubilación, como ha ocurrido en el pasado.
Además, el exceso de demanda de trabajo puede ser cubierto por los flujos migratorios, que supone un incremento de la población en edad de trabajar, pudiendo aumentar también la tasa de participación en el mercado de trabajo y la tasa de empleo.
Pero además del volumen de empleo, el cambio demográfico también condiciona la calidad de la fuerza de trabajo19. La evidencia disponible sugiere que la productividad del trabajo crece a menor ritmo ante el envejecimiento de la población20. Las habilidades y competencias de las personas trabajadoras y su capacidad para adaptarse a los cambios del tejido productivo no son homogéneas en el conjunto de la población, reflejando diferencias en función de la edad. Por otra parte, la población de edades mayores tiene, a priori, menos habilidades para realizar tareas físicas, numéricas o relacionadas con la tecnología, mientras que ocurre lo contrario con las habilidades más relacionadas con la planificación y gestión o que se adquieren con la experiencia laboral. Además, el dinamismo emprendedor es también menor en este grupo.
De todo lo anterior se deduce que la relación entre edad y productividad, en principio, tiene forma de U invertida, siendo menor al principio y al final de la vida laboral y mayor en las edades centrales. No obstante, dentro de cada cohorte también hay diferencias importantes en productividad que responden a diferencias por el nivel educativo previo o la formación adquirida durante la vida laboral21. Por ello, en el contexto de los cambios demográficos y con las dificultades que supone influir en la estructura demográfica por edades, impulsar un crecimiento sostenido pasa por aumentar la productividad del trabajo. Además, dado que las diferencias en productividad entre cohortes son menores que dentro de cada cohorte, existe margen para compatibilizar envejecimiento poblacional y aumento, o al menos no caída, de la productividad.
En este sentido, la llegada de población migrante puede compensar esta menor productividad derivada del envejecimiento22. A medida que las personas migrantes se incorporan al mercado laboral, las nativas se desplazan hacia nuevas ocupaciones que, en muchos casos, requieren habilidades más cualificadas -tecnológicas o cognitivas- o la realización de tareas más complejas, y conforme mejoran sus habilidades, se generan ganancias de productividad a largo plazo para toda la economía23. Así, el aumento en la dotación de capital humano se traduce en un aumento de las posibilidades de crecimiento por el efecto composición indirecto que resulta de estos flujos, y que depende del nivel educativo y las cualificaciones de las personas migrantes que llegan y del tipo de puestos de trabajo que ocupan en relación con las nativas.
Para el caso de España, antes de la pandemia se constataba que las personas recién llegadas tenían menor nivel de cualificaciones y se empleaban, con carácter general, en sectores intensivos en mano de obra y en ocupaciones de menor valor añadido y baja cualificación. Tras la pandemia, en cambio, se observa un mayor nivel educativo de los recién llegados -aunque se mantienen brechas respecto a la población autóctona- que se emplean en actividades de mayor cualificación y mayor valor añadido24.
Todo ello puede contribuir a una mejora cíclica de la productividad en el contexto de un modelo de crecimiento basado en un intenso empleo de la población inmigrante, y constata la importancia económica de estos flujos para la continuidad y sostenibilidad del crecimiento económico y del empleo a largo plazo.
En todo caso, es de esperar que el propio funcionamiento del mercado haga que la caída de la población activa y, en consecuencia, la reducción de la oferta de trabajo se traduzca en un aumento de los salarios, lo que incentivaría la sustitución de trabajo por capital, resultando en un aumento de la productividad aparente del trabajo. En este sentido, la revolución digital actuaría como palanca de compensación de las potenciales escaseces de mano de obra derivadas del cambio demográfico. Recuérdese que el cambio técnico actúa como principal factor de crecimiento económico.
Por otro lado, a medida que se reduce el peso de estas cohortes más jóvenes y de mediana edad en la población activa, el ritmo de innovación de la economía podría resentirse, afectando al crecimiento potencial. Y, aunque el desarrollo tecnológico, en principio, genera crecimientos de la productividad, estos podrían no ser suficientes para compensar la caída asociada al envejecimiento25.