Así, la ganancia en supervivencia en todas las edades y el aumento sin precedentes de la probabilidad generalizada de llegar a la vejez, gracias a los avances de la salud pública y la medicina y el progreso material de la sociedad, pero también al esfuerzo consciente de las familias por cuidar a la infancia de una manera diferente a como lo hicieron sus antepasados (esfuerzo en el que hay que destacar el papel esencial ejercido por madres, tías o abuelas como cuidadoras principales de la infancia hasta hace pocas décadas), constituyen un hito sin precedentes en la historia (por su alcance pero también por su rápido desarrollo)13 del que hay ante todo que alegrarse.
En términos de dependencia económica es necesario matizar, también, los análisis alarmistas sobre el impacto de la pirámide por edad en la sostenibilidad del sistema económico, pues, por un lado, el aumento de uno de los colectivos dependientes (las personas en edad de jubilación) es compensado por el descenso del otro (el de la población infantil y juvenil) y, por otro, la población mayor de 65 años sigue siendo en gran medida productiva, aunque no lo haga a través del mercado laboral regulado. En todo caso, las políticas públicas no pueden ser ajenas al hecho de que, en las próximas décadas, se habrán de dirigir a una población cuya distribución territorial, pero, sobre todo, su estructura por edad y origen familiar, serán radicalmente diferentes a la de las últimas décadas del siglo XX. Entre otras cuestiones, los hogares, como unidad de análisis fundamental en las estadísticas, y receptores principales de las políticas públicas, están viendo reducir su tamaño de manera significativa14.